Exportaciones: El problema no es cambiario

En argentina es muy común escuchar que los exportadores necesitan un tipo de cambio alto para poder ser competitivos con respecto a las empresas extranjeras.

También es común que cuando se percibe que hay atraso cambiario (peso caro, dólar barato) los exportadores de granos prefieran no liquidar sus existencias, esperando que el dólar suba y el atraso desaparezca.

Si bien es cierto que los exportadores necesitan un dólar alto, a menudo se habla del tema como si se tratara de una regla inquebrantable, y no se piensa en por qué esto es así.

Elevada presión tributaria

Según un estudio sobre 190 países elaborado por PwC, Argentina sigue siendo el segundo país con mayor “tasa total de impuestos y contribuciones” que deben pagar las empresas.

El sistema tributario argentino es extremadamente complejo y enmarañado. Existen cientos de impuestos, muchos de ellos de compleja interpretación y liquidación, lo cual representa además un riesgo latente para los contribuyentes ante la comisión de errores de liquidación.

Gran parte de los problemas de competitividad de Argentina no son cambiarios, sino fiscales.

Si un exportador argentino tiene que soportar una presión fiscal de, por ejemplo, el 45% frente a un competidor del sector externo cuya presión fiscal es de un 30%, ya de entrada sus precios serán un 15% más caros, lo cual pone en jaque su competitividad.

Para poder competir en el exterior hay dos caminos:

1) Bajar los precios, destruyendo la rentabilidad de las empresas y potencialmente el empleo.

2) Devaluar la moneda, para que comprar nuestros bienes le resulte más barato a los extranjeros.

Siempre se termina recurriendo a la segunda alternativa, cuyos efectos colaterales son conocidos (inflación, entre otros).

El destino de los fondos de esa presión tributaria

El elevadísimo gasto público argentino, padre del déficit fiscal y de la inflación, está constituido en más del 60% por gasto social, esto es, prestaciones previsionales, asignaciones familiares, AUH, etc. Esto, lamentablemente, es muy difícil de revertir. Disminuir este tipo de gastos tiene un costo político muy alto que nadie parece estar dispuesto a asumir.

Gasto social, es menos inversión en infraestructura. Menos rutas, menos trenes, menos puentes, menos puertos. Todo eso conspira contra la estructura de costos de las empresas, haciéndolas menos eficientes.

No es difícil imaginar la diferencia de costos entre mover una producción agrícola en camiones, respecto de hacerlo en trenes.

Otros países como Estados Unidos, Japón, China y la mayoría de los países europeos no son precisamente “paraísos fiscales”, el tema es cómo usan lo recaudado. Las diferencias de infraestructura con respecto a la Argentina están a la vista.

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La productividad argentina

Aumentar la productividad (producir más con menos) es el único camino genuino para lograr aumentar la competitividad de la industria argentina.

Las devaluaciones, como herramienta para favorecer la competitividad de los bienes exportables argentinos, tienen efectos de corto plazo y eminentemente artificiales, ya que en nada se está ayudando a aumentar la productividad, o la eficiencia en la producción.

Cuando se trata de ganar competitividad devaluando (es decir, bajando los salarios reales) sólo se consigue un efecto transitorio, porque finalmente los salarios terminan aumentando más que el tipo de cambio y la productividad no aumenta porque la devaluación encarece la inversión y crea muchas otras distorsiones.

Los resultados de las políticas de “sustitución de importaciones”, basándonos en experiencias pasadas, no son auspiciosos. Sobre todo porque en Argentina se ha protegido a sectores de muy baja productividad en desmedro del resto de la población.

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El tema es complejo. Lo que está claro, es que la devaluación es ineficaz como herramienta para promover la productividad, y las políticas proteccionistas a menudo terminan perjudicando a sectores que nada tienen que ver con el problema.

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